lunes, 19 de mayo de 2025

"15 de diciembre de 1762 - peregrinación a Meersburg."

 

Cuaderno de Campo del Viajero del Tiempo

Saint-Dié-des-Vosges, primavera del año de gracia de 1763 


Saint-Dié-des-Vosges 1762

   Han pasado ya dos semanas desde mi llegada a Saint-Dié-des-Vosges. Este valle, encajado entre montañas que aún retienen la nieve en sus cumbres más altivas, se ha revelado como una encrucijada de rumores, anhelos y decisiones por venir. He caminado sus calles empedradas con la mirada baja y el oído alerta, como quien no desea llamar la atención, pero lo observa todo.

   Los Brice-Masson siguen con sus días laboriosos, sin aún decidirse del todo a dar el gran paso hacia el oeste. Dieudonné François mantiene su taller activo, atendiendo encargos que se suceden como el pan en la mesa de los pobres: necesarios, pero nunca abundantes. Anne, su esposa, guarda los silencios con la delicadeza de quien ya intuye que algo está por romperse: no una vajilla, sino el suelo mismo bajo sus raíces. Hablan de Kourou como se habla de un sueño con fiebre, entre la exaltación y el miedo, sin saber aún que la promesa de la Guayana acabará por esfumarse como el vaho sobre las aguas del Saône. Pero eso, sólo yo lo sé. Ellos aún no.

   Y sin embargo, mi instinto —o quizá la llamada de una sangre más antigua— me empuja hacia el este. La historia de los Brice la tengo ya trazada, al menos en sus primeros pliegues. Pero ahora algo tira de mí con fuerza, como una cuerda vieja que nunca se rompió del todo: el apellido Metzger. El lago Constanza. Meersburg. Tierra germánica al sur del Imperio. Las cajas de recepción de colonos en Almagro registraron su procedencia, y en aquel registro encontré la chispa que ahora enciende mis pasos.

   Así pues, me he pertrechado para la marcha. Nada que no llevara ya un viajero decente en este siglo: capa, zurrón con pan y algo de queso duro, botas reforzadas con cuero, y una voluntad que se niega a envejecer. Dejo atrás Saint-Dié, bajando por los antiguos senderos que cruzan el macizo de los Vosgos. Mi primera meta: Sélestat.


Despedida Saint-Dié-des-Vosges


   Día 1 – Saint-Dié a Sélestat
El paso por los Vosgos es arduo. Los caminos serpentean entre hayas y abetos, y aunque la primavera se asoma, el barro aún se aferra a mis botas. Paso la noche en una pequeña posada en las afueras de un molino, donde el posadero me mira con recelo pero no pregunta nada.

   Día 2 – Sélestat a Obernai
Tras un descanso breve, el camino desciende suavemente hacia Obernai. Las campanas de las iglesias marcan mi ritmo. Encuentro en una granja una familia amable que me ofrece un cuenco de sopa caliente. No pregunto por qué. A veces, el alma encuentra refugio sin necesidad de explicaciones.

   Día 3 – Obernai a Estrasburgo
La ciudad imperial aparece al fin, señorial y llena de vida. En Estrasburgo cruzo el Rhin, ancho y majestuoso. El agua corre con fuerza, como si también ella tuviera prisa por dejar atrás Francia.

   Día 4 – Estrasburgo a Offenburg (ya en Alemania)
Cambio de lengua, de acento, de costumbres. Aquí todo huele a cerveza, cuero y carbón. El alemán resuena en los mercados, aunque algunas palabras en francés aún sobreviven en los bordes.

   Día 5-6 – Offenburg a Friburgo de Brisgovia
La llanura termina y comienzan las colinas de la Selva Negra. Friburgo, con su catedral gótica y sus estudiantes parlanchines, me recibe como a uno de los suyos. Duermo bajo techado por dos monedas, y a cambio, escribo una carta para un boticario que no sabe leer ni escribir. El trueque, como siempre, salva al viajero.

   Día 7-8 – Friburgo a Titisee y Donaueschingen
Ascenso lento, quebrado, entre nieblas y bosques cerrados. La Selva Negra no perdona, pero también protege. Hay una belleza ruda en estos parajes. Titisee brilla como un espejo roto por el viento. Llego a Donaueschingen con los pies hechos un mapa de ampollas, pero el corazón lleno de una certeza antigua: estoy cerca.

   Día 9-11 – Donaueschingen a Radolfzell, bordeando el lago
Los caminos se hacen más amables. El paisaje se abre, el aire huele a agua dulce. El Bodensee aparece ante mí como una página nueva. Radolfzell me acoge con cielos amplios y pescadores silenciosos. A lo lejos, Constanza y, frente a ella, Meersburg.


Lago Constanza, Meersburg al fondo.


   Día 12 – Travesía final
Tomo una pequeña embarcación, compartida con un comerciante de telas y una viuda bávara. Cruzamos el lago al amanecer. Meersburg se alza en la colina, con sus casas de entramado y su castillo, como un recuerdo aún vivo de siglos pasados.

   He llegado.

Aquí comienza otra etapa. En esta ciudad se gestó parte de la historia de los Metzger. Aquí pronunciaré sus nombres, buscaré rastros, quizás cartas, quizás lápidas. Me haré pasar por un artesano errante, o por un copista en busca de empleo. Cualquier máscara sirve, si detrás de ella uno se mantiene fiel a su misión.

"Porque yo no busco cambiar la historia.

Solo deseo entenderla mejor que nadie."


   Meersburg, orilla norte del Bodensee — primavera de 1763 



   La barca encalló con suavidad en el embarcadero de Meersburg, como si el lago mismo quisiera que llegase sin sobresaltos. Me bajé con cuidado, dejando que mis pies tocaran tierra firme con la reverencia de quien pisa suelo sagrado. Porque eso es para mí esta ciudad suspendida entre el agua y la colina: una Jerusalén del pasado, donde tal vez viva aún el murmullo de mis ancestros.

   Las casas se amontonan unas sobre otras como secretos familiares. Fachadas de madera entablillada, ventanales de guillotina, techos a dos aguas, y un aire de honestidad provinciana que no se ve en las grandes ciudades. Meersburg huele a pescado seco, a moho noble de bodega, a ropa tendida que ha sobrevivido al invierno. Y en medio de ese cuadro tan tangible, me pregunto cuántos Metzger caminaron estas calles, y si alguno de ellos, sin saberlo, dejó su sombra para que yo la encontrara siglos después.

   Primer día de búsqueda

   Pregunté por la familia Metzger en la posada del Schwarzer Adler, fingiendo interés por un encargo de madera tallada. El posadero, un tal Johann, enarcó una ceja, y respondió que hay al menos tres Metzger en la ciudad, pero ninguno carpintero. Uno es tonelero; otro, maestro de escuela. El tercero, anciano retirado que vive cerca del castillo viejo.

   "Y ¿los Voglerin?" pregunté, casi en un susurro. El nombre parecía menos conocido. Johann arrugó el ceño. "Ese apellido… lo llevaba una mujer que murió hace años. Una viuda con fama de comadrona y cierta afición al aguardiente", dijo. “Vivía en la parte alta, junto a la capilla de San Martín.”

   Aquella noche apenas dormí. La emoción y el miedo se entreveraban en el pecho. ¿Y si no encuentro nada? ¿Y si encuentro demasiado?

  

Prensa tradicional de vino en el Lago Costanza


 Segundo día

   Subí al castillo nuevo (Neues Schloss), no tanto por amor al poder, sino porque desde allí se domina toda la ciudad como un dios cansado. Visité los archivos municipales. Me hice pasar por escribano del obispado de Constanza, buscando registros de nacimientos para una inspección que —dije— llegaría el mes próximo. Funcionó. El escribiente, joven y propenso a la charla, me permitió revisar los libros.

"Ahí encontré algo"

   "Anno Domini 1701. Bautizado este día 4 de septiembre, Johannes Metzger, hijo legítimo de Hans Metzger, tonelero, y de su esposa Maria Voglerin"


Acta bautismal de un METZGER


   Mi pulso se detuvo. Los nombres que buscaba, enlazados como ramas trenzadas de un árbol al que yo mismo pertenezco. Me tomé el tiempo de copiar el registro a mano, despacio, como si al escribir sus nombres, pudiera invocarlos.

   Tercer día

   Fui a la capilla de San Martín. Allí, el suelo cruje como una vieja garganta que aún reza. En la parte trasera del cementerio, entre las piedras cubiertas de líquenes, encontré una lápida apenas legible. El nombre Maria Voglerin se adivinaba en medio del musgo, acompañada de una cruz y un epitafio desgastado: “Sie half den Geborenen und ging heim zu Gott.” —“Ayudó a los que nacían y volvió a casa de Dios.”

"No lloré. Pero una emoción parecida a la sal del lago me subió hasta los ojos."



   Reflexión del viajero

   Ahora sé de dónde venimos. De toneleros y comadronas. De hombres que daban forma a la madera para contener el vino del tiempo, y de mujeres que acompañaban al alma desde el útero a la vida. Ningún emperador entre mis ancestros. Ningún profeta. Pero sí artesanos del milagro cotidiano.

   Y eso basta.

   Ahora, con el corazón más lleno que al llegar, emprenderé el viaje de regreso hacia el oeste. Debo volver a Saint-Dié, donde los Brice aún no saben que pronto abandonarán todo lo conocido. Pero yo lo sé. Y ahora, también sé de dónde vinieron los que cruzaron luego a España, dejando atrás el lago y sus nieblas.

"Meersburg me ha hablado.

Y yo he escuchado."


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