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| El viajero del tiempo, camina dirección a Saint-Dié-des-Vosges |
21 de noviembre de 1762 – Bajo el cielo de Saint-Dié
El amanecer ha encontrado al viajero dejando atrás Colroy-la-Grande, con paso firme y mente enmarañada. Ha pasado días entre los Vincent-Didier, escuchando sus dudas, sus planes, sus miedos. Pero ahora su brújula es otra. La corriente lo arrastra hacia Saint-Dié-des-Vosges, donde la familia Brice-Masson habita desde hace años, en La Petite Raon, junto al rumor constante del Meurthe.
Camina en silencio. El bosque otoñal lo observa sin decir palabra. Las hojas, como cartas escritas por el tiempo, crujen bajo sus botas. Un molino abandonado, cubierto de musgo, le ofrece refugio por unos instantes. Saca su cuaderno de notas, moja la pluma y escribe:
«Hoy, los árboles del camino parecían testigos de algo grande. He sentido que en Saint-Dié me espera algo más que palabras. Los Brice no lo saben, pero sus nombres resuenan en mi memoria con la fuerza de lo inevitable. Aún no han partido, pero ya han comenzado el viaje. Quizá ni siquiera lo sospechen.»
Al llegar a Saint-Dié, el viajero evita las calles principales. Prefiere los callejones, los senderos que dan al río, las sombras. Desde uno de ellos contempla la casa de los Brice. Una vivienda sencilla, de piedra, donde el humo de la chimenea asciende al cielo plomizo.
Dentro, Dieudonné Jean Brice repasa las Escrituras con gesto pensativo. Anne Masson —natural de Amancey, en el Franco Condado— cose en silencio. Han oído rumores, como todos en el pueblo: que en Saint-Jean-d’Angély se busca gente valiente para cruzar el mar y fundar una nueva vida en tierras cálidas y salvajes, en la Guayana francesa. No saben aún que esas promesas pronto se desvanecerán. Por ahora, lo único cierto es la inquietud.
En el mercado, en la iglesia, en las tabernas, se habla de barcos, de mapas, de nombres impronunciables. Kourou. Oléron. Cayena. La esperanza y el miedo se entrelazan como enredaderas.
El viajero lo ve todo. Escucha sin ser visto. Anota:
«He sentido en Anne un presentimiento que no sabe nombrar. Dieudonné se pregunta si este será el legado que deje a sus hijos. La decisión aún no está tomada, pero el mundo ya ha comenzado a moverse bajo sus pies. Mañana, quizá, hablarán en familia. Yo seguiré aquí. En la sombra.»
La tarde cae con lentitud sobre Saint-Dié. El Meurthe murmura historias antiguas. Los Brice aún no han partido, pero la historia ya los ha puesto en camino.
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